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lunes, 3 de febrero de 2014

Si Tú Quieres


Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. 
Marcos 1:40-41

Hacía mucho tiempo que aquel hombre no sentía el abrazo de otra persona, aquellos días en los cuales sus amigos llenaban su casa y constantemente tocaban a su puerta habían quedado atrás.

La soledad era su única compañera en los últimos años, amigos hermanos, hasta sus amores lo habían abandonado al enterarse de su mal. La lepra lo había consumido en todo sentido, su carne olía cada vez peor y su rostro era casi irreconocible, pero el mayor daño se había hecho en su alma.

Como todos los días se sentó a un lado del camino esperando que algún viajero se compadeciera de él y le dejase alguna limosna, pero ese día sucedió algo diferente, a lo lejos vio a aquel que limpiaba enfermos, que perdonaba pecados y hacia grandes milagros.

Esta oportunidad no se volvería a repetir, así que corrió hasta donde Jesús estaba y puesto de rodillas le dijo:

“Si quieres puedes limpiarme”

¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a Dios en tus oraciones “si Tú quieres hazlo”?

El leproso había sufrido mucho y tenía muchas razones para exigir que se le cumpla su pedido, pero entendió a quien se dirigía, sabía que la persona que estaba delante de él era su Dios, sabía que era tan maravilloso que era imposible exigirle algo.

Dios ama los corazones que le dejan a él la última palabra, aquellos que dicen constantemente “si Tú quieres hazlo y si no quieres no”

La próxima vez que estés de rodillas delante de tu Padre Celestial déjale a él la última palabra, deja que te sorprenda, deja tu orgullo de lado y permite que Dios sea quien dirija tus pasos diciendo que si o diciendo que no.





sábado, 26 de octubre de 2013

Dos Moneditas




Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás.

Marcos 12:43





Terminaron las canciones y todos pasaron al frente a llevar sus ofrendas a una caja que evidenciaba por su sonido la cantidad de dinero que caía o no caía en ella.

Los primeros en llegar llevaban vestidos muy finos, razón por la cual se sentaban delante, la caja sonaba estruendosamente mientras las muchas monedas caían, otros, levantaban un poco la mano para que todos alcanzaran a ver los billetes que metían en la  caja de ofrendas.

Pero casi al final, una viejecita con ropa muy desgastada se acercaba lentamente metiendo sus manos arrugadas en sus bolcillos, todos ellos llenos de agujeros, excepto uno, el cual atesoraba la última moneda de su riqueza, todo su capital, su último bien.

Cerrando los ojos tomó firmemente la moneda y con una sonrisa en los labios la  dejo caer en las ofrendas.
-          Jesús la vio, y dijo “ella dio mucho más que todos”

Es sencillo dar lo que nos sobra, la ropa que ya no  nos queda, el dinero que nos pesa en el bolsillo, es fácil darle  a Dios el tiempo en el que no hay nada más que hacer, esa oración al final del día que termina en un ronquido,  o darle a nuestros hijos el tiempo que nos sobra luego de todo lo que según nosotros es más importante,   pero todo eso son solo monedas que suenan y delante de Dios no tienen valor.

Dar aquello que no queremos dar, la última moneda, dar de aquello que nos falta, detiene el tiempo, y hace que el cielo se estremezca.


¿Cuánto darás hoy?